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lunes, 27 de febrero de 2017

A modo de casi-despedida


El pasado viernes 24 de febrero fue mi último día de trabajo antes de convertirme en docente jubilada. Y desde entonces estoy tratando de escribir unas palabras a modo de despedida.

Pero no me salen más que unas cuantas cursilerías o peroratas insustantivas. Por enésima vez, borro y comienzo de nuevo.

Podría no escribir nada. Quizás debería hacerle caso a la intuición. Pero me siento como yéndome en silencio, sin decir nada… Y yo soy una mujer de palabras.



“¿Por qué te vas?” es la pregunta recurrente por estos días.

No hay una razón. La vida nunca se resuelve en razones únicas. Al menos, no ha sido así en la mía. Y casi todas las razones  me  indican que este es el momento. Sólo una me seduce a quedarme, y de hecho prolongó un año mi partida: el encuentro con los estudiantes  en esa comunión pedagógica en la que nos nutríamos. Los docentes que han transitado las aulas con entrega y pasión saben de qué hablo: ese tipo de encuentros que genera una sinergia mutuamente transformadora y provee de un tipo de placer tan exquisito, que vuelve difícil resignarse a perderlo… salvo que el sentido que le proveía a nuestra vida encuentre un nuevo camino.



La práctica pedagógica es una práctica política. Una práctica profundamente política, y no hay modo de que así no sea. Tanto, que quienes reniegan de esto e intentan una forma ideológicamente aséptica, no hacen más que reproducir los modelos políticos más conservadores, reactivos, reproductores, y promueven la renuncia al pensamiento crítico que –por definición- deberíamos considerar una expresión redundante: si no es crítico, no es pensamiento.

La práctica pedagógica es una práctica profundamente política porque no tiene más alternativas: o cree que  la transformación de las personas  y de las sociedades es posible; o cree que no lo es. O cree que la posibilidad es de todas las personas, lo que significa que lo es de cada una, de  todxs y cada unx de los implicadxs en esa práctica, no sólo de los alumnxs y estudiantes; o cree que no lo es. Y cuando una práctica pedagógica descree de la transformación de personas y grupos sociales, es porque cree en ineducables, en incorregibles, en la fatalidad de las condiciones de marginalidad y exclusión –o peor, en la culpabilidad de los marginales y los excluidos-, y construye discursos explicativos sobre esas zonas y estados de exclusión que son en realidad discursos legitimadores de su no intervención (cuando no de intervención en favor de la profundización de estas condiciones) y estigmatización. No hay nada tan profundamente político como un discurso legitimador de la exclusión, que terminará abonando a los discursos de control, censura, disciplinamiento, y represión.

He dedicado casi 34 años de mi vida a ejercer una práctica pedagógica que procuré transformadora. Me río un poco de mí misma porque me leo y me siento Mirtha Legrand diciendo “les he dado mi vida”. No, no nos ha dado su vida. Le ha dado su vida a una práctica pedagógica, a través de los medios. Una práctica pedagógica profundamente política, conservadora, al servicio del disciplinamiento  y justificadora de la represión. Yo tampoco le he dado mi vida a nadie: ni a lxs alumnxs, ni a lxs estudiantes, ni a la escuela… Mi vida ha sido plenamente mía, y en la libertad de mis elecciones he decidido dedicarla a ejercer esta práctica que –en primer lugar- me ha ido transformando en esta mujer aún inacabada que voy siendo. Una práctica que –confío- ha ido generando una sinergia mutuamente transformadora en la que todxs nos hemos enriquecido. Sin dudas, una transformación en sentido contrario al que se refiere la Reina Madre de la televisión argentina y figura pública emblemática de una política cultural conservadora y represiva.



Si la práctica pedagógica es una práctica política,
la práctica política es también una práctica pedagógica.


La práctica política es una práctica profundamente pedagógica porque tampoco tiene otras alternativas: o genera espacios profundamente transformadores, de reconocimiento, apropiación y extensión de derechos, promoviendo el bienestar de todxs (que es el de cada unx) en una sociedad más justa; o promueve una sociedad basada en grupos y clases con diferente acceso a bienes simbólicos y materiales. Y ambas opciones requieren de una pedagogía política: una que se comprometa con la formación de ciudadanos empoderados; o una que restrinja las garantías de acceso a la información y la comunicación, e instrumente medidas de disciplinamiento y represión. Una primera opción que transite en espacios colectivos de participación, o una segunda opción que restrinja los espacios de encuentro y en los que la participación se entienda como un grupo homogéneo de consumidores y contribuyentes (nunca ciudadanos) prestando su voz a la repetición de las consignas que fueron reproducidas incansablemente hasta su naturalización a través de los medios de difusión.



Les decía al comienzo que hace días que estoy tratando de escribir unas palabras a modo de despedida. Quizás no me salen porque no siento que me esté despidiendo. Sigo en el mismo camino.

Estos casi 34 años de práctica pedagógica que he entendido como profundamente política, han ido dando a luz una práctica política que entiendo como profundamente pedagógica. Es un simple pasaje. Una nueva posta. Así como abracé libremente a la primera, hoy abrazo la segunda. Y mi convicción es que estoy en la misma lucha, desde otro frente.

Aquí me encontrarán entonces. Transitando  este espacio de encuentro donde mi pasión, mi esfuerzo, mis convicciones y mi saber siguen estando al servicio de generar –esta vez desde la política- una sinergia mutuamente transformadora que nos empodere crecientemente  para  ir construyendo una sociedad más justa, inclusiva, para todxs… que –por supuesto- significa que lo es para cada unx.

Nos seguimos viendo.

Viviana Taylor